El silencio de un hombre.

miércoles, noviembre 29th, 2017

Nos encontramos en unos de los ejemplos más fidedignos del «Polar», la versión francesa de «Cine Negro», destacando por cierta tendencia al fatalismo, heredada del «Realismo Poético» de décadas anteriores, con incursión al análisis político-social y profundidad psicológica de los personajes. Estrenada el 25 de octubre de 1.967 en la ciudad de París con el epígrafe de «Le Samouraï», aunque sería conocida en el mundo hispano como «El silencio de un hombre», suponiendo un esfuerzo de «CICC»y «Fida Cinematografica» y la distribución de la mítica «Pathé», contando principalmente con las labores de Raymond Borderie y Eugène Lépicier como productores, de Jean-Pierre Melville como director, de Henri Decaë como operador jefe, de Francois de Lamothe como decorador, de Francois de Roubaix como compositor, de Monique Bonnot y Yolande Maurette como montadoras; destacando en el reparto las figuras de Alain Delon, Francois Périer, Cathy Rosier, Nathalie Delon, Michel Boisrond o Robert Favart.

Con un guión del mismo Melville junto a George Pellegrin, basado en la novela «El Ronin» del autor canadiense Joan McLeod, condensando una historia desarrollada solamente en un lapso de poco más de 24 horas en un lluvioso fin de semana y presentando a un sujeto poco convencional llamado Jef Costello, implacable y duro asesino a sueldo, aunque provisto de un código de honor y de notoria circunspección que hace recordar al «Bushido», la norma básica de los antiguos «samuráis» y pieza muy buscada desde hace algún tiempo por el porfiriado jefe del departamento de homicidios de la policía parisina. Costello liquida al propietario de un club nocturno, siendo detenido escaso tiempo después al lado de un alto número de sospechosos; sin embargo es puesto en libertad gracias a los testimonios de Valérie, la mulata pianista del local y Jane, su pareja sentimental, dedicada a la prostitución de lujo. Pero esta nueva excarcelación va a suponer paradójicamente el acotamiento del hampón tanto de parte de los cuerpos de seguridad como de sus mentores, que lo han traicionado y quieren acabar con un deponente molesto; Costello acepta la situación con estoicismo, con una disposición cercana al misticismo.

Con la mudanza de todo este cosmos al «Arte de Celuloide» podemos observar un ejercicio lleno de magnetismo y audacia, con fotogramas de gran fuerza, apostando por una significativa meticulosidad en los detalles, aprovechado estilísticamente al máximo, con una perfecta síntesis de encuadres, al lado de un notorio potencial por parte de los planos secuencia.

El realizador dota a la creación de una atmósfera melancólica, donde predominan los silencios, con un escenario provisto de un aire abstracto e intemporal, en que la imaginación audio-visual vence a la misma realidad y dotando al trabajo de unos elementos únicos e irrepetibles, embriagando al propio espectador y haciéndolo partícipe de un sólido despliegue creativo.

Nos topamos con la película 11 de Jean-Pierre Melville, nacido en la capital administrativa del país galo el 20 de octubre de 1.917, en el seno de una familia procedente de Alsacia de religión judía; entusiasta en la destreza de las imágenes en movimiento desde su más tierna infancia, miembro activo de la «Resistencia» durante la II Guerra Mundial, no dirige su primer largometraje hasta 1.947 con «El silencio del mar», continuando su trayectoria con significativos títulos como «Les enfants terribles» en 1.949, «Dos hombres de Manhattan» en 1.959, «El confidente» en 1.962 o «Hasta el ultimo aliento» en 1.966, con una temática sobre todo centrada en la lucha contra la ocupación alemana y en el mundo gansteril. Con esta producción en el séptimo año de la década, él de París llega a su culmen como realizador, demostrando una pericia muy digna de estima, engendrando un estilo personal y propio al margen de modas y tendencias.

El libreto de Melville y Pellegrin juega con los elementos clásicos del género, envuelto en un halo lánguido, provisto de fundamentos tristes y desoladores, convertido en un auténtico poema sobre la soledad del ser humano; este argumento sencillo y escasamente enrevesado, no impide el estar dotado de una fuerte ambición intelectual, transmitiendo nihilismo, dudas metafísicas y vacío existencial. La fotografía de Decaë es rigurosa y atrayente, la música de De Roubaix es opulenta, la escenografía de De Lamothe es fulgente y la edición de Bonnot y Maurette es especialmente hábil, asignando de nervio al filme.

En las interpretaciones de los figurantes hemos de destacar la labor de Alain Delon transfigurándose en Costello, expresando austeridad, distancia y frialdad, con una pose seria, hierática y orgullosa, dentro de un enorme autocontrol psíquico y emocional, elementos que nos hace recordar su anterior recreación del personaje de Piero en «El eclipse» de Michelangelo Antonioni en 1.962, al lado de Francois Périer muy metido en su rol de comisario astuto y pertinaz y sin poder olvidar de toda la sensualidad y el magnetismo de Cathy Rosier, convertida en Valérie, una «Femme fatale» de libro, más el oficio de Nathalie Delon, entonces pareja sentimental del actor protagonista, encarnado a Jane.

Desde el primer instante de su comercialización, este cinta consiguió unos provechosos resultados de taquilla y una buena calificación por parte de la «Crítica» especializada, ganando con el paso del tiempo y sirviendo como inspiración a cineastas más contemporáneos como el cantonés exiliado en Hong Kong John Woo, así como los estadounidenses Walter Hill, Quentin Tarantino y Paul Thomas Anderson.

Melville continuó en su ejecutoria cinematográfica con «El ejército de la Sombras» en 1.969, volviendo al manido tema de la «Resistencia», a la par de «Circulo rojo» en 1.970 y «Crónica negra» en 1.972 donde apuesta otra vez en Alain Delon para un «policíaco» lleno de aristas y claroscuros; falleciendo repentinamente debido a un ataque al corazón el 2 de agosto de 1.973 a la edad de 55 años.

One Response to “El silencio de un hombre.”

  1. Una película llena de perspicacia y buen sentido del ritmo. Nos encontramos en un trabajo lleno de enjundia.

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