El arpa birmana.

lunes, noviembre 6th, 2017

Entre los años de 1.947 y 1.948 el escritor japonés Michio Takeyama logra que se le publique por entregas su relato «Biruma no Tategoto», traducido al castellano como «El arpa birmana», en la revista juvenil «Akatondo», para ser posteriormente editado en formato de libro unas pocas semanas después de la ultima tirada. Desde el primer momento la obra obtiene un inusitado éxito entre los lectores, convirtiéndose en un auténtico fenómeno sociológico en aquel país destrozado y humillado tras su derrota en la II Guerra Mundial y la posterior ocupación por parte de los estadounidenses; Takeyama había residido durante algunos años en Alemania, notándose indudablemente la influencia europea en su narrativa y suponiendo con la irrupción de este trabajo, el convertirse en uno de los literatos nipones con mayor proyección social de aquel periodo.

Con un estilo escueto se cuenta una historia desarrollada en el verano de 1.945, en las postrimerías de la gran conflagración, donde una unidad del ejercito imperial japonés destinada en Birmania es conocida como la «Compañía de las canciones» por formar sus integrantes un coro, donde interpretan magistralmente tonadas tradicionales; al mando de estos hombres está el carismático capitán Inouyue, músico en la vida civil. Los soldados del oficial se encuentran casualmente con efectivos británicos para darse cuenta que la contienda ha terminado; posteriormente un cabo apellidado Mizushima, dotado de un talento natural para tocar el instrumento del arpa, es comisionado por sus superiores para tomar contacto con un destacamento que se obstina a rendirse ante los Aliados; estos combatientes hacen oídos sordos a la súplicas de Mizushima, golpeándolo salvajemente bajo la acusación de traidor. Ante la no-capitulación, son aniquilados finalmente por una fuerte descarga de artillería del enemigo, aunque el mensajero sobrevive milagrosamente al impacto. Auxiliado por campesinos locales, tras su recuperación, roba la túnica de un monje budista y se rapa la cabeza, dedicándose a partir de ahora a enterrar camaradas muertos y darles su respectivo responso, surgiendo el rumor entre los prisioneros japoneses que Mizushima podría estar vivo.

Es a mediados de los años 50 cuando surge en el seno de la industria cinematográfica del «Archipiélago» el proyecto de llevar a la «Gran Pantalla» la conocida obra de Takeyama, contando con la financiación de la histórica «Nikkatsu», la producción de Masayuki Takagi, la dirección de Kon Ichikawa, el guión de Natto Wada, esposa de éste último, la fotografía de Minoru Yokoyama, la música original de Akira Ifukube, el sonido de Masakazu Kamiya, el montaje de Masanori Tsujii, aparte de un amplio casting casi enteramente masculino, formado por figuras de la categoría de Rentaro Mikuni, Shoji Yasui, Jun Hamamura, Taketoshi Naito o Ko Nishimura.

Suponiendo un gran esfuerzo financiero para el sector audio-visual de Japón, se filma en escenarios naturales de Birmania, donde aún se notaban los restos de la ultima guerra, aparte de escenas añadidas en la península de Izu y en las localidades de Yasu, en la prefectura de Shiga y Hakone en la prefectura de Kanagawa, todas en la isla de Honshu.

Para Ichikawa significaba su novena película hasta aquel entonces, con una trayectoria comenzada en los años 30, incluyendo a reveladores trabajos como «Las mil y una noches con Toho» en 1.947, «Los amantes» en 1.950, «Sr Pu» en 1.953 o «Kokuro» en 1.955 y para ser posteriormente considerado por los estudiosos del cine más academicistas, en una de los sujetos más señeros en lo que se denominó «Nueva Ola» nipona, al encontrarse ciertos paralelismos con la «Nouvelle vague» francesa y el «Free Cinema» británico.

El realizador puede transmitir al espectador un producto enormemente curioso, a la vez noble y hermoso, fuertemente emotivo en un extraño lirismo, consiguiendo una depuración de las formas y no buscando lo espectacular y lo comercial, aunque entrando dentro de la siempre peliaguda sensibilidad colectiva; nos hace encontrarnos con una agraciado numen visual al lado de una armoniosa plasticidad que acopla aspereza y melosidad dentro de un mismo ámbito.

Esfuerzo muy potente creativamente hablando, surtido con una sucesión de escenas portentosas, muy alejadas de la diégesis del género bélico más convencional, donde apenas hay acción y la violencia se adivina gracias a una cámara enormemente subjetiva, lo que no quita poseer una iconografía ciertamente aterradora. Por otra parte se logra que la propia naturaleza, en este caso la frondosa selva de Birmania, se convierta en una supeditada más de la historia, observándola como fuente y origen de vida en contraposición al exabrupto de la contienda.

En el libreto de Wada se apuesta ante todo por una serie de valores anti-militaristas en un sordo y sobrecogedor alegato, dentro de una óptica más realista que en la descripción original, apostando por un vigoroso humanismo y reforzando la búsqueda de lo espiritual, en una cosmovisión panteísta, convertida en correa de transmisión de ignotos postulados budistas. Sería injusto no referirme a la controversia política surgida casi desde el instante de la primera exhibición oficial de la cinta, al no incluir en el relato las barbaridades y la brutalidad de la invasión japonesa en el país del sudeste asiático, notándose más bien una especie de perorata auto-exculpatoria al lado de una denodada catarsis comunal a través del arte.

Los fotogramas de Yokoyama en un radiante blanco y negro, están provistas de duende y gracia, lo que no impide mostrar una evidente dureza y explícito dramatismo, la banda sonora de Ifukube es un auténtico goce de los sentidos, el sonido de Kamiya adquiere un halo de misterio muy digo de tener en cuenta y el montaje de Tsujii es absolutamente hábil, dotando al filme de personalidad y enjundia. Las interpretaciones de los actores son todas portentosas, dotadas de una gran solidez formal y destacando los cometidos de Rentaro Mikuni como Inouye y Shji Yasui como Mizushima.

La cinta desde su temprana comercialización cosecha una buena respuesta por parte del público y la «Crítica» especializada, a la vez de una interesante proyección internacional y merecido reconocimiento académico al obtener el «Premio Saint Giorgio» y el «Premio OCIC» (mención honorable), en el «Festival de Venecia» de 1.956, así como la nominación a «Mejor Película de habla no inglesa» en la ceremonia de los «Oscars» en 1.957.

Es en 1.985, cuando un Ichakawa ya septuagenario, se dispone para realizar un «remake» de su mismo filme de los 50, aunque en este caso el rodaje se efectuó en tierras tailandesas debido a la peliaguda situación del régimen de Rangún y contando con una fotografía a color; si bien conserva gran parte de la esencia del título original, carece del afanoso nervio y la sutileza de aquel.

One Response to “El arpa birmana.”

  1. Todo armonía y plasticidad, un auténtico goce de los sentidos. !o mejor del cine japonés de los 50 después de «Cuentos de Tokio».

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