Cuentos de Tokio

domingo, mayo 14th, 2017

Tras la derrota del imperio japonés en la II Guerra Mundial y la posterior ocupación aliada liderada por Estados Unidos que significó el fin del régimen militarista y la transformación del país en una democracia de corte occidental, con la pérdida del estatus divino del monarca, abolición de los títulos nobiliarios, la disolución de las Fuerzas Armadas, siendo sustituidas por un sistema de Autodefensa confinado en las «Islas», prohibición temporal de las artes marciales y amplias reformas sociales.

Todas estas nuevas circunstancias tuvieron una capital importancia en el devenir de la industria cinematográfica nipona y de unas películas de corte propagandístico y de exaltación nacionalista de la época anterior se pasa a un cine sumamente naturalista, donde el fin de las restricciones y censuras provocan un aluvión de nuevas formas de creatividad. Surgen en el campo de la dirección una serie de figuras emergentes como Akira Kurosawa, Kon Ichikawa, Kenji Mizoguchi y Yusujiro Ozu, que si bien habían comenzando su trayectoria en periodo precedente, van a tener su máximo reconocimiento en el Japón de postguerra.

Mención aparte nos merece la estampa de Yushujiro Ozu, nacido en la capital del archipiélago el 12 de diciembre de 1.903, en las postrimerías de la era «Menji», donde la nación había dejado la anterior regla del «Shogunado» y se embarcara en un proceso de modernización, industrialización y expansionismo territorial que supusiera confirmar su independencia con respeto a las potencias extranjeras; formado en magisterio pero fuertemente atraído por el nuevo arte de imágenes en movimiento, entra a trabajar a principios de los años 20 en los estudios «Shochiku» como ayudante de fotografía, posteriormente como auxiliar de realización y 1.927 consigue dirigir el drama histórico «La espada de la penitencia», comenzando de este modo una fructífera carrera de treinta y cinco años que nos iba a deparar una friolera de 54 filmes, algunos de los cuales desgraciadamente no se han conservado, destacando trabajos como «He nacido, pero… (y sin embargo hemos nacido)» en 1.932, una agradable comedia costumbrista, «Una mujer fuera de la ley» en 1.933, una cinta de «Gánsters» al estilo asiático, «Hermanos y hermanas de la familia Toda» en 1.941, drama sobre una amplia parentela y «Había un padre» en 1.942 donde repite los registros de la anterior producción; terminada la contienda se responsabiliza de proyectos como «Historia de un vecindario» en 1.947 dentro de una óptica tradicional, «Una gallina en el viento» en 1.948 sobre la desventura de los retornados con gran influencia del «Neorrealismo» italiano o «El comienzo del verano» en 1.951, una lúcida reflexión sobre los recientes cambios sociales.

Es en 1.953 cuando Ozu pone en marcha el propósito de llevar a la «Gran Pantalla» una sencilla historia de relaciones entre consanguíneos, denominándola como «Tokio Monagatari», que sería posteriormente conocida en España como «Cuentos de Tokio» y en Hispanoamérica como «Historias de Tokio»; con un guión que elabora al lado de Kogo Noda, habitual colaborador suyo, basándose levemente en la película norteamericana de 1.937 «Dejar paso al mañana» de Leo McCarey.

Se intenta narrar las peripecias de Shukichi y Tomi, una pareja de ancianos que dejan a su hija más pequeña Kyoko, una mestra de escuela que vive con ellos en la ciudad de Onomichi, prefectura de Hiroshima, para visitar a sus restantes vástagos Koichi y Shige en Tokio, en un momento que esta población se está reconstruyendo a marchas forzadas de su casi aniquilamiento en el anterior conflicto; los señores nunca han estado en la metrópoli pero hacen ese esfuerzo porque saben que a cada uno no les queda mucho tiempo de vida. Pero los que han sido sus retoños tienen su propia familia y trabajos y esquivan a sus padres todo lo posible sin apenas disimulo. Por el contrario su nuera Noriko, viuda de Shoji, muerto en la cercana conflagración, se muestra amable y gentil porque ven en sus suegros todas las facetas por lo que se enamoró de su desaparecido marido; estos hechos llenan de pesadumbre a los jubilados que sienten el abismo insalvable entre generaciones, aunque no lo muestran exteriormente. De regreso a casa Tomi fallece repentinamente y posteriormente todos sus descendientes se reúnen para el funeral; terminado el sepelio Kyoko acusa a sus hermanos de egoísmo, aunque Noriko hace ver a su cuñada lo inevitable de la separación entre congéneres y cuando la docente se encuentra otra vez en el colegio con su alumnos, la antigua esposa de Shoji se despide de Shukichi para regresar de nuevo a la gran urbe y éste en agradecimiento le regala un reloj, conminándole a casarse de nuevo.

Colaboradores habituales del tokiota entran en el proyecto, como Takeshi Yamamoto como productor ejecutivo, Yuharo Atsuta en la labor de operador jefe, Kojun Saito encargándose de la banda sonora original o Yoshiyasu Hamamura asumiendo la edición; se opta por un amplio casting, sumando actores que también ya habían ya trabajado a las ordenes de Ozu, destacando la presencia de Chishu Ryu, Chieko Higashiyama, Setsuko Hara, Haruko Sigimura o So Yamamura.

El resultado creativo es ante todo una búsqueda de la belleza en lo cotidiano, que el autor lo puede encontrar en vaporosidades y metáforas, con una narración llena de sobreentendidos y elipses; dentro de una atmósfera sosegada, nos topamos una película llena de virtudes que quizás no se perciben a simple vista, en que se transmiten sensaciones y sentimientos con escasos recursos.

Ozu crea un corpus creativo maravilloso donde hace al espectador partícipe en un trozo de vida, en un retrato demoledor y a la vez lleno de perspicacia de la misma, sumando drama y crítica social, en una sabia reflexión llena de sabiduría y elegancia dentro de una vena melancólica que nunca alcanza a ser tristeza; expuesta de manera serena, se convierte con el desarrollo del metraje en un verdadero tratado sobre la sutileza, algo que los orientales saben sacar brillo como nadie y obteniendo el vislumbrar aunque de forma muy tenue y opaca las sinceras conmociones.

Hasta cierto punto nos podemos encontrar con un filme algo simple desde un punto de vista técnico, donde todo es contemplado con una cámara estática, en que apenas se producen movimientos, aunque el realizador consigue mantener la atención del «Respetable» en la misma cualidad de la mirada, donde parece que se busca y se descubre el silencio, añadiéndose un ritmo lentísimo pero que a la larga resulta absorbente.

La fotografía en pulcro blanco y negro de Atsuta mezcla con eficacia lo moderno con lo clásico, la batuta de Saito inspira aflicción muy acorde con el desarrollo de la trama y el montaje de Hamamura resulta notablemente ducho y colmado de encanto; por otra parte es de destacar una actuaciones espontáneas, llenas de genio y carácter por parte de los figurantes, sobre todo en las personalidades de Chishu Ryo (Shukichi), glosando el rol de un hombre con unas cuantas décadas más mayor de la que era su verdadera edad, Chieko Higashiyama (Tomi) toda pesadumbre silente y Setsuko Hara (Noriko), con una dulzura y sensibilidad que la hizo mítica, como un veraz icono de la mujer de su linaje patrio.

Tras su comercialización en Japón, los distribuidores no vieron muchas posibilidades de la cinta en el mercado internacional al considerarla bastante localista, sin embargo gana la «Sutherland Trophy», el premio del festival de Cine de Londres en su primer certamen del año 1.958, lo que supuso su espaldarazo en Europa Occidental y tras su estreno en un cine de Nueva York en 1.972, el cometido de Ozu alcanza unas cotas legendarias dentro de la «Crítica» especializada; es de destacar que en la encuesta anual entre directores y comentaristas en «Sigh & Sound», la revista oficial del «British Film Institute» perteneciente a 2.012, fue considerada la mejor película de todos los tiempos.

3 Responses to “Cuentos de Tokio”

  1. Óptica excesivamente conservadora y no lo digo por el elemento ideológico, lo digo por la falta de renovación, pero con todo es una forma maravillosa de narrrar.

  2. De un guión que parece todo convencional crea una obra maestra.

  3. Es conservadora tanto políticamente como socialmente, pero ello no le impide tener una fuerza arrebatadora. Me gusta mucho más la versión de los 50 que el reciente «remake».

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