Muerte en Venecia

domingo, febrero 19th, 2017

«Quien ha contemplado la belleza con sus propios ojos está consagrado ya la muerte».

Así es como se presenta el eslogan promocional del filme y lo cierto es que condensa en unos pocos vocablos toda la savia e intenciones creativas de la producción, con un director como Luchino Visconti en su mejor estado de forma, adaptándose la novela corta «Der tod in Venedig», traducida al castellano como «Muerte en Venecia» del escritor alemán Thomas Mann publicada en 1.912, narración no especialmente sugerente que rápidamente en su traslación en «rollos de celuloide» se convirtió en una lúcida reflexión de la perfección, la magnificencia y la siempre imbatible presencia del deceso.

Película polémica de por si por tratar el siempre peliagudo tema de la homosexualidad, en un momento en aun faltaban, en el seno del mundo occidental, unas cuantas décadas para la protección jurídica contra la fobia a esa tendencia y su normalidad social, pero esta estipulación pueda resultar muy sutil y abierta a varias interpretaciones y puntos de vista.

Contando con la aportación de la italiana «Alfa Cinematografica y la gala «Prod. Èditions Cinematographiques», consiguiendo la importante distribución de la «Major» norteamericana «Warner Bros», Visconti asumía las tareas de realizador, productor al lado de Robert Gordon Edwards y Mario Gallo, libretista junto con Nicola Badalucco y viéndose principalmente también rodeado por el operador Pascualino De Santis, el decorador Fernandino Scarfiotti, el diseñador de vestuario Piero Tosi y el montador Ruggiero Mastroianni, hermano del genial Marcello.

Estrenada oficialmente el 1 de marzo de 1.971, participó en la sección oficial del «Festival de Cannes» de aquel ejercicio y obteniendo el «Premio del 25 aniversario» de la muestra en la persona del de Milán y en reconocimiento aparte de esta cinta, para toda su obra, desde los comienzos naturalistas como en «Obsesión» en 1.943, en pleno periodo fascista y «La terra trema» en 1.948, a una tendencia barroca y profusa exhibida esencialmente en «Senso» en 1.954 y «El Gatopardo en 1.963.

Se cuenta una historia llena de simbolismo, donde un músico de mediana edad de nacionalidad alemana llamado Gustav von Aschenbach (personaje inspirado en el compositor austriaco de origen judío Gustav Mahler), padeciendo una depresión severa por el fallecimiento de su hija y una serie de problemas profesionales se refugia en la ciudad de Venecia en un tórrido e indolente verano, instalándose en un hotel de la isla de Lido. Muy pronto se fija en un adolescente llamado Tadzio, hijo de una familia de aristócratas polacos igualmente alojados en el establecimiento y provisto de un encanto andrógino; Tadzio para el germano resulta un ideal de magnificencia y muy pronto esa atracción se convierte en una obsesión amorosa. Las jornadas transcurren lánguidas para Aschembach con estancias en la playa y paseos por el casco histórico de la urbe, pero sobre todo se dedica a seguir y espiar al joven turista.

Paralelamente el alemán toma conciencia de los acontecimientos extraños que se producen en la población, como una chocante alta mortandad en sus habitantes y visitantes, campañas de desinfección en las calles, contestaciones evasivas por parte de los lugareños y descubriendo con el paso de los días, la existencia de una epidemia en cólera negada oficialmente por las autoridades locales. El artista quiera advertir a los polacos del peligro de quedarse en la población, pero por alguna insólita razón no lo hace y debido a su delicado estado de forma muy pronto queda enfermo; en una pésima condición, Aschebach se dirige al arenal donde contempla por ultima vez a Tadzio y expira sin que nadie depare en ello.

El fruto de todo este argumento en fotogramas es una forma de entender el cine propia e irrepetible por parte del gran maestro milanés, imbuida de sutileza, meticulosa en lo abstracto, en una búsqueda incesante de la armonía de lo humano y lo divino, queriendo mantener cierta distancia aunque siendo consciente y conocedor de las pasiones humanas y los deseos más ocultos.

Es el arte como principio, fin y fundamento, donde una fuerza poética destila en todos los planos, envolviéndose en cierta melancolía y un sibilino fatalismo en una alegoría de la graciosidad, la juventud y a la vez una exposición de un mundo y toda su época, con una atmósfera llena de connotaciones nostálgicas y románticas, fundida en un refinamiento ampuloso y divergente.

El ritmo es despacioso, pausado, siempre calmado y donde el drama se desarrolla en zooms lentos y en recorridos de cámara cautelosos, que procuran explorar los acontecimientos a distancia y provocando una extraña sensación de serenidad y quietud en el espectador, en una auténtica sinfonía de sonidos e imágenes llenos de un gran sentido de beldad y primor, donde el director maneja el foco de forma excepcional y nunca deja de ser contemplativo.

Podemos observar una poderosa simbiosis entre Visconti, Mahler y Gustav von Aschenbach , que nos hace recordar el también sincretismo habido en la anterior cinta de «El Gatopardo», entre el diretor, Guiseppe Tomasi di Lampedusa y el príncipe de Salina, en almas mayoritariamente atormentadas, incapaces de resistir el paso del tiempo y expuestas al ultimo trance.

En un filme completo en todos los sentidos, nos encontramos con un guión de Visconsti y Badalucco, provisto de un lenguaje esmerado que no necesita muchos diálogos, pudiendo reflejar el declive de la sociedad europea en las vísperas de la «Gran Guerra», con clases sociales y formas de vida a punto de ser devoradas por el inmisericorde viento de la Historia, en una ciudad adriática desalentada y provinciana que desde hacía algún tiempo, dejara atrás los fulgores del periodo de la «Serenísima Républica, a lo que unimos una musicalización exquisita, en que se recurre a composiciones originales de Mahler, una fotografía sugerente producto de la profesionalidad de De Santis, condimentado todo con una puesta en escena magnífica surgida de la inspiración de Scarfiotti y las indumentarias esbozadas por Tosi, sin olvidarnos de una portentosa edición por parte de Ruggiero Mastroiani.

El conjunto actoral es de lujo, destacando la presencia del inglés Dirk Bogarde, el ídolo del público británico en los 50, transfigurándose en Gustav von Aschenbach, en el mejor papel de su larga carrera, unido al entonces casi desconocido intérprete sueco Björn Andrésen en el rol de Tadzio y a Sivana Mangano, como la madre de Tadzio que aun conservaba intacto todo el embrujo de la que había sido la gran musa del «Neorrealismo».

One Response to “Muerte en Venecia”

  1. Interesante film, aunque considero que en su época fue demasiado valorado, al haber cierto papanatismo de cineclub y de pedantería universitaria.

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