Sed de mal

domingo, enero 29th, 2017

Este filme estadounidense estrenado a principios de 1.958, tiene como título en su inglés original «Touch of Evil» y ha sido conocido en España y Argentina como «Sed de mal» y en México «Sombras del mal»; surgido en un principio como un proyecto mayoritariamente poco ambicioso, se trataba de la adaptación cinematográfica de la novela corta «Badge of Evil» («Insignia del Mal» literalmente), escrita por Whit Masterson (seudónimo de los autores Bob Wade y H. Bill Miller), publicada en 1.956, vista por algunos como «Pulp Fiction» o literatura de consumo popular. Con el apoyo económico y la distribución de la «Universal International» y contando con la producción de Albert Zugsmith, considerado el rey de las cintas de serie «B», se contrata a una serie de destacados profesionales como el operador jefe Russel Metty, a Virgil W. Vogel y Aaron Stell en la edición, Robert Clatworthy y Alexander Golitzen como decoradores y un casting sugerente, de marcado carácter coral, destacando las figuras de Charlton Heston, Janet Leigh, Joseph Calleia, Akim Tamiroff, Joanna Moore o Mercedes McCambridge.

Los ejecutivos de la «major» californiana apostaban por un realizador de marcado carácter artesano y poco dado a estridencias creativas, sin embargo Charlton Heston, ya convertido en una estrella poderosa tras el éxito de «Los diez mandamientos» de Cecil B. DeMille, exigió la incorporación de Orson Welles al equipo, por lo que inmediatamente fue llamado a ejercer como actor principal, guionista y director; significaba una vuelta del cineasta nacido en la ciudad de Kenosha en el estado de Wisconsin el 6 de mayo de 1.915, al engranaje de Hollywood tras doce años en Europa donde había sido el artífice de producciones como «Macbeth» en 1.948 y «Otelo» en 1.952, sendas acomodaciones al «Séptimo Arte» de las conocidas obras de Shakespeare rodadas en Reino Unido y «Mr Arkadin» en 1.955, un esfuerzo conjunto de las industrias de Francia, España y Suiza.

Welles cambia por completo el libreto, dándole un carácter más oscuro y bizarro a los personajes y trasladando la acción a la frontera entre Estados Unidos y el país azteca, donde una pareja de recién casados formado por Vargas, un policía de narcóticos mexicano y Susan una chica de nacionalidad norteamericana, son testigos en plena luna de miel de la explosión del vehículo de un mafioso. Este hecho obliga a Vargas iniciar una investigación y compartiéndola con las fuerzas de seguridad estadounidenses debido a que el atentado fue en plena divisoria y no están muy claras las competencias; por el lado estadounidense se encarga de la indagación Quinlan, un jefe de unidad obeso y corrupto que no duda en fabricar pruebas falsas para acusar a un inocente joven del hecho, situación que provoca roces y desencuentros con Vargas, que descubre una relación directa del mando y organizaciones criminales con la agresión; a partir de este momento surge un malévolo y perverso juego, en una interesante lucha de personalidades e intereses. Por otra parte Susan es secuestrada por esbirros de Quinlan, que no dudan en drogarla con la finalidad que Vargas desista de sus pesquisas, iniciando éste una lucha contra reloj con el objetivo de acumular fundamentos contra la enviciada autoridad y liberar a su esposa.

Tras la comercialización de la película, los espectadores pudieron vislumbrar un trabajo lleno de modernidad y heterodoxia, cargado de gran fuerza visual y notorio barroquismo, no exenta de elementos oníricos, con un ensalzamiento de sensaciones y donde se ven reconfortado con fotogramas seductores y memorables, en una forma magistral de concebir el «Arte de Celuloide».

Nos topamos con una cinta llena de movimientos de cámara gratuitos, con angulaciones y travellings imposibles, recurriendo en ocasiones al utensilio móvil, en una filmación realizada especialmente en interiores. El de Kenosha asume todo el tinglado con buen gusto anhelando belleza y lírica, con una forma rebelde y personalista que supera a cualquier tipo de clasicismo, aunque se deja influenciar por el «Expresionismo» alemán de los años 20 y bebe de las fuentes del «Cine Negro» de ejercicios anteriores.

Resulta imposible no comentar su plano secuencia, al comienzo de la película, un auténtico dominio del método y de la escenografía lleno de brillantez en sólo tres minutos, en que el objetivo desciende en picado en una bullicioso y profuso cuadro nocturno, donde los figurantes parecen parte de una representación operística, todos coordinados en una orquestación perfecta.

Welles dota al guión de una notable tensión, empapada de una atmósfera desazonante, tenebrosa y asfixiante, donde el bien y el mal se confunden irremediablemente, añadiendo de este modo incertidumbre a la historia; dota al desarrollo de matices y hallazgos, de giros sorprendentes, sumando una descripción bastante compleja de todos los sujetos, en una galería de retratos memorables, sin desdeñar esa batalla de egos entre los dos principales papeles, resaltando sus diferencias de edad y culturales, huyendo de cualquier etnocentrismo.

El marco gracias a los recursos artísticos de Welles y la notable labor de Clatworthy y Golitzen resulta subyugante, a lo que añadimos una fotografía de Metty contrastada en un blanco y negro majestuoso, que se recrea en hermosísimos claro-oscuros, un montaje nervioso y escasamente acomodaticio, pero que no deja nada al azar en ningún instante por parte del tándem Vogel-Stell y todo sazonado por una banda sonora de Henry Mancini, en que mezcla con habilidad y buen hacer jazz, el entonces novedoso rock and roll y música latina.

Mención aparte nos merecen las glosas de los actores, con un Orson Welles inmenso, exhibiendo un rol que provoca una repulsión extrema, lleno de ironía y autoparodia a lo que añadimos la solidez técnica de Charlton Heston que evita ser aplastado por la excepcional inspiración del genio de Wisconsin, a Janet Leigh coqueta, femenina y algo frívola, sin olvidarnos a unos secundarios de lujo llenos de talento en el caso de Joseph Calleia, Akim Tamiroff, Joanna Moore y la agudeza en los cameos por parte de Zsa Zsa Gabor, Joseph Cotten y Marlene Dietrich que con su presencia, en este caso, se come literalmente toda la pantalla.

En el resultado final no fue todo del gusto por parte de la empresa cinematográfica al ver escasas posibilidades comerciales y aprovechando un viaje a España del de Kenosha, mutila un importante número de secuencias e incluso añade unas nuevas realizadas por Harry Keller. Este hecho hizo que Welles abjurara del producto, que además obtuvo un escaso rendimiento en taquilla; poco tiempo después el wisconiano escribe una serie de indicaciones para guiar un nuevo montaje del filme más de acuerdo con sus ideas y visiones; este documento que se creía desaparecido fue encontrado por casualidad en el domicilio particular de Heston y sirve de base para la elaboración de una nueva restauración en 1.997, doce años después de la muerte de Welles, estrenada en salas de exhibición en 1.998 y editada en el formato «DVD» en el año 2.000, en que se eliminan los títulos de crédito de la famosa escena inicial, se añaden minutos clarificadores, reforzándose los efectos sonoros y se ejecutan una serie de cortes que agilizan la acción.

One Response to “Sed de mal”

  1. Welles en estado puro.

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