La dolce vita

lunes, septiembre 19th, 2016

La realización de 1.957 «Las noches de Cabiria» había supuesto un brusco y profundo cambio en la trayectoria artística y creativa de Federico Fellini; pasa de un genio neorrealisa, con gran importancia de personajes, situaciones y entorno social a una óptica donde domina un particular universo surrealista, que a veces con barroquismo y casi siempre con lirismo y extravagancia, evoca una exégesis dominada por lo onírico y el profundo interior del autor; sin embargo esta producción no supone una transición entre los dos cosmos inventivos, si no más bien en un choque entre dos maneras y peculiaridades de ver el cine.

Sólo tres años después el ocurrente cineasta procedente de la Romaña logra hacer realidad un nuevo proyecto contando con el apoyo financiero de la italiana «Riama de cine» y la francesa «Pathè Connsortium Cinéma», que lo denomina como «La dolce vita», donde las formas naturalistas quedan atrás y nos encontramos con un compendio de fotogramas donde la realidad se confunde irremediablemente con los sueños, en una notable fascinación estética y una inaudible capacidad inventiva.

Con un libreto elaborado por el propio Fellini junto con Ennio Flaiano, Tullio Pinelli y Brunello Rondi se cuenta sin cierto orden ni concierto una historia desarrollada en Roma en el caluroso verano de 1.959, una urbe que parece que ha olvidado los horrores de la ultima contienda y la dura post-guerra, donde un inusitado crecimiento económico encamina a la sociedad por un consumismo desenfrenado y un notorio hedonismo en las clases más pudientes; una ciudad superficialmente brillante y procelosa, que se prepara para ser la sede de los próximos juegos olímpicos y escenario de importantes rodajes de superproducciones de Hollywood, por lo es muy frecuente la presencia de sus estrellas más señeras. En este ambiente se desarrolla el quehacer profesional de Marcelo Rubini, un periodista con inquietudes intelectuales pero obligado a bregar en la prensa más sensacionalista para poder sobrevivir; soporta unas relaciones conflictivas con su prometida Emma, se siente fuertemente atraído por Maddalena, una rica y despreocupada heredera, está ligado en franca camaradería laboral con el perspicaz fotógrafo Paparazzo, se reconforta en las conversaciones con el filósofo Steiner; es testigo de la visita a la población de la bellísima actriz norteamericana Sylvia, sumida en un mar de dudas y autodestrucción, al lado de un marido alcoholizado y pendenciero y asiste escéptico a un supuesto milagro orquestado por unos chiquillos que trae en jaque a toda la colectividad; a veces encuentra un balón de oxígeno en las parrafadas que mantiene con Paola, una jovencísima camarera de una trattoria del litoral cercano, cuya mezcla de vitalismo e inocencia le hace creer en determinados momentos que otro mundo puede ser posible.

El efecto en imágenes en movimiento es una obra cercana a la perfección, donde un director lleno de enjundia y pasión logra llegar a sus objetivos artísticos, en una energía sin limites y clarividencia visual memorable, siendo consciente de un enorme potencial creativo gracias a un buen manejo técnico y cierta revolución formal.

Superficialmente resulta un retrato de la decadencia dentro de una mirada incrédula y cínica, que a día de hoy puede resultar muy manida pero que en la época de la primitiva comercialización evidenciada una novedad, aunque sin embargo dentro de ese significativo pesimismo transcendental, hay sobre todo en la parte final del filme una cierta catarsis y redención. Muchos han visto en este aspecto una auténtica anestesia vital y moral, encontrando paralelismos con la decadencia y final de la civilización clásica.

Nos topamos con una notable deformación de la realidad que queda sazonada con cierto estilo caricaturesco que no impide revelar una gran riqueza de matices, en unas escenas memorables y llamativas, con personajes grotescos y esperpénticos, confundidos a la vez en un marasmo de ingenuidad e hipocresía, que los acompañamos gustosos a su privativo viaje a los infiernos.

No podemos olvidar la particular importancia sociológica de la película en su momento y su conversión hasta la actualidad en uno de los más reconocidos iconos del país transalpino y que al igual que «La naranja mecánica» de Stanley Kubrick», «Apocalypse Now» de Francis Ford Coppola y «Wall Street» de Oliver Stone, resulta un cometido que paradójicamente promueve unos peculiares estilos y formas de vida cuando en su primer momento se pretendía vituperar e incluso demoler. Recordemos que la expresión «paparazzi» con gran predicamento en estos días se inspira en el personaje de Paparazzo, un insolente y provocador acosador de famosos.

Como en casi todas las cintas de Fellini, hay que destacar una serie de sugerentes secuencias como la primera a forma de prólogo donde un helicóptero transporta una estatua de Jesús por encima de los acueductos de la urbe, en una especie de segunda vuelta del «Rendentor», la declaración del amor eterno por parte de Marcelo a su pareja en una ambulancia que la conduce a un hospital tras ser hallada inconsciente en su apartamento por una sobredosis de drogas, las confidencias alegres y desocupadas con la muchacha de la ribera marítima, la llegada en medio de un enjambre de cámaras de Sylvia, la estrella norteamericana , el archiconocido baño nocturno de la actriz en la «Fontana de Trevi» seguida por el reportero protagonista, uno de los más conocidas efigies del «Séptimo Arte» y presente en la memoria audio-visual de la mayoría, la chocante multitud atraída por un infundado prodigio, evento cubierto por las principales cadenas de radio y televisión y la muerte absurda de un niño aplastado por el gentío, las veladas caducas y soporíferas del grupo de mentes doctas en la vivienda de Steiner , la extraña fiesta en el castillo aristocrático, donde al amanecer aturdidos y cansados los invitados son testigos de una procesión religiosa al lado mismo del recinto, la llegada de la mujer de Steiner a su domicilio, donde sus inmediaciones están literalmente tomadas por la policía y medios de comunicación, creyendo divertida en un primer momento que la confunden con una celebridad pero al instante es informada que su marido ha asesinado a sus hijos.

A pesar de ser un producto de autor no nos podemos olvidar de los colaboradores, destacando los decorados de Piero Gherardi que reproduce en estudios interiores toda la magia y encanto de la «Ciudad Eterna», mismo profesional que se encarga de un vestuario portentoso y vistoso, unido a una destacable banda sonora de Nino Rota que ya había trabajado con Fellini en sus anteriores películas de «El jeque blanco» en 1.953, «La Strada» en 1.954 y en «Las noches de Cabiria», sumando la deslumbrante y hermosa fotografía en blanco y negro de Otello Martelli.

Mención aparte nos merece hablar del casting, uno de los grandes aciertos del filme, destacando las actuaciones de Marcello Mastroianni, en la piel de Marcello Rubini, donde demuestra ser uno de los grandes monstruos de la interpretación de todos los tiempos, que consigue sembrar a toda una generación de jóvenes narcisistas y elegantes de finales de los 50, fuertemente influenciados por el «existencialismo», de la sueca Anita Ekberg, encarnándose en Sylvia, una diosa tan imperfecta como inalcanzable, la francesa Ivonnne Fuerneaux, muy profesional y convincente en su marcado papel de Emma, de la también gala Anouk Aimée, arrogándose en el físico de Maddalena, en unas circunstancias donde se estaba convirtiendo en la gran musa de la «Novelle Vauge» y se descubre muy competente y enigmática, con Walter Santesso dando corporalidad a Paparazzo en una mixtura entre cotidianidad y carisma, el bretón Alain Cuny dando vida a Steiner, que como pocos pudo dar con la quintaesencia de los demonios interiores y la entonces adolescente Valeria Ciangottini, transfigurándose en Paola y exhibiéndose increíblemente linda y pizpireta.

EL filme se estrena en la capital italiana el 5 de febrero de 1.960 y se presenta a concurso en el festival de Cannes del mismo año, donde es reconocido con la «Palma de Oro»; en ese mismo ejercicio recibe el «David de Donatelo» a Mejor Dirección y en la ceremonia de los «Oscars» en 1962 Piero Gherardi recibe el galardon a Mejor Vestuario, en una misma noche donde él mismo fuera nominado a Mejor Director Artístico y Fellini enunciado igualmente como Mejor Realizador, aparte de ser junto con Tullio Pinelli, Ennio Flaiano y Brunelo Rondi citados para el Mejor Guión.

Determinadas secuencias como la parodia de una nueva presencia de Cristo y el montaje de un adulterado prodigio religioso hizo que la cinta fuera fuertemente criticada por el órgano oficioso de la Santa Sede «l’osservatore romano» y en España las autoridades del régimen franquista prohibieron su emisión y no se mostró oficialmente ante el público de nuestro país hasta principios de 1.981, pocas jornadas después de la intentona golpista del 23 de febrero.

One Response to “La dolce vita”

  1. Me encanta esta peli. Tíene algo especial que hechiza. La escena de la Fontana de Trevie es antológica.

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