Lost in translation

lunes, julio 4th, 2016

Estrenado en 2.003, significaba el segundo largometraje de Sofía Coppola, cineasta nacida en Nueva York el 14 de mayo de 1.971; hija de Francis Ford Coppola y Eleanor Coppola, nieta de Carmine Coppola, sobrina de Talia Shire Coppola y prima de Nicolas Cage, obviamente los genes y la tradición familiar le llevaría irremediablemente al mundo del «Arte del Celuloide». Su primera presencia en una película se produce con escasos meses de vida en la monumental «El padrino» dirigida por su propio progenitor y en su adolescencia participa como actriz secundaria en las cintas «La ley de la calle», «Rebeldes», «Cotton Club» y «Peggy Sue se casó», todas también realizadas por su procreador y su temprano papel de importancia lo obtiene en «El padrino, parte tercera», con la dirección sempiterna de Francis Ford Coppola, donde no cosechó precisamente buenos elogios por parte de la «Crítica» especializada, hecho que le produjo una honda postración, por lo que decide dedicarse a la realización cinematográfica, no impidiéndole ejecutar pequeñas intervenciones como intérprete en los filmes «Inside Monkey Zetteland» de Jefery Levy en 1.992 y «Star Wars: episodio I, La amenaza fantasma» de George Lucas en 1.999.

Se inicia como directora con los cortometrajes «Bed, bath and beyond» en 1.996, no comercializado en ningún país hispano-hablante y «Lick the Star» en 1.998, donde se puede ya vislumbrar los temas que serían recurrentes en su futura obra, con personajes femeninos de gran belleza física y a la vez solitarios, carcomidos por la melancolía, la depresión y el aburrimiento existencial. En 1.999 consigue hacer realidad su primer largometraje, exhibido cara al público como «Las vírgenes suicidas» en la que Sofía asumía igualmente el guión, basado en la novela homónima de Jeffrey Eugenides, donde cinco hermosas hermanas adolescentes pertenecientes a una familia de clase media-alta deciden quitarse todas la vida en los convulsos años 70.

Su siguiente proyecto lo titula como «Lost in traslation», expresión muy recurrente en la lengua inglesa y que se refiere a todos esos matices y juegos de palabras que desaparecen al producirse la traducción literal de un idioma a otro, pero que a nivel coloquial adquiere el significado de no conseguir en una conversación que el otro interlocutor comprenda lo que verdaderamente uno quiera expresar; encargándose además del libreto y de la producción ejecutiva al lado de Ross Katz, se agencia en un régimen de coproducción la colaboración de «American Zoetrope», la compañía independiente creada por Francis Ford Coppola y George Lucas a finales de los 60, junto con la nipona «Tohokushinsha Film», aunando los trabajos de Lance Acord como operador jefe, de Sarah Flack como montador, de Brian Reitzell y Kevin Shields como compositores; optando finalmente en el casting por los servicios del consagrado Bill Murray y la figura en ciernes de Scarlett Johansson como protagonistas, acoplados a los secundarios Giovanni Ribisi, Anna Faris, Akiko Takeshita, Kazuko Shibata, Take Ryuichiro Baba, Akira Yamaguchi, Catherine Lambert y Francois du Bois.

Se narra una historia singular, intentando huir de cualquier tipo de convencionalismo donde dos ciudadanos estadounidenses solitarios y desorientados por el rumbo de sus vidas, llamados respectivamente Bob y Charlotte, se conocen en un lujoso y a la vez impersonal hotel de Tokio. Bob es un cincuentón, estrella de cine en franca decadencia y Charlotte es una encantadora veinteañera, licenciada en filosofía y recién casada que acompaña a su marido fotógrafo de modas. Acusando el «Jet lag» y el consiguiente insomnio, sufren los dos un importante bajón psicológico y en cierto modo se sienten degradados, al tener Bob que recurrir a un cutre y hortera anuncio de whisky japonés para sacar algo de dinero y Charlotte viendo que su matrimonio se acaba porque su hombre apenas tíene tiempo para ella. Los dos ofuscados acaban formando una extraña pareja, en un reencuentro de almas gemelas que se reconocen, donde comparten un humor negro y sarcástico, con evidentes elementos autoparódicos, topando calor y consuelo en su mutua compañia, en un escenario que parece irreal lleno de luces de neón y urbanismo adocenado, a la par de extrañas costumbres para un no-oriental.

El resultado en fotogramas de todo este universo creativo es una especie de comedia agridulce, llena de languidez y melosidad, en una mirada fresca y en ocasiones pintoresca sobre el abismo vital, que en determinados momentos casi parece más un estado de ánimo que una película al uso; calada con un tenue humorismo y postura irónica, la cinta posee una profundidad y sutileza que la convierten en adulta. Con todo es una práctica de gran cine, en un producto elegante, con ciertas dosis de exotismo y de un romanticismo sin estridencias.

La directora es consciente del mundo globalizado que ha surgido en los albores del nuevo siglo y tíene la osadía y el descaro de intentar analizar los traumas de las sociedades occidentales en un marco asiático, en unos de los lugares más fascinantes, hiper-poblados e insólitos de la tierra. Sofía Coppola busca íntegramente sentimientos, con una actitud entre punzante e insondable, en un filme que no hay apenas acción pero que gracias a una sustantiva creatividad y buenhacer no resulta ni largo ni monótono.

Sin necesidad de desnudos y escenas de cama, se rebosa erotismo y sensualidad, donde lo importante es la mirada, los gestos, la afectividad, los matices; la de Nueva York logra basarse más en silencios que en palabras, como si los apegos más recónditos no se puedan calar ni explicar con vocablos, en una especie de subtexto donde empleando sutilezas se puede llegar a discernir.

A pesar de ciertas innovaciones, se desprende un aroma clásico y se nota insondablemente la influencia de notables cintas del pasado como «Hiroshima mon amour», la pequeña joya de Alain Resnais , reproduciendo algunos ambientes y situaciones de la producción franco-nipona de 1.959; compartiendo un lirismo cautivador, en la búsqueda de la liberación en un extraño y en una atmósfera chocante y sorprendente.

La fotografía de Lance Arcord resulta muy evocadora y taciturna, el montaje producto de la labor de Sarah Fkack manifiesta agudeza y estulticia, la banda sonora surgida de la batuta de Brian Reitzell y Kevin Shields se muestra esencialmente soberbia; mención aparte merecen las labores de los figurantes principales, con un Bill Murray cáustico, gracioso, confuso y una Scarlett Johansson vulnerable y difusa, donde alcanza su deificación como actriz.

El filme llegó a tener un notorio éxito en taquilla y reconocimiento académico al ser nominado para la noche de los «Oscars» en 2.004 en las especialidades de «Mejor Película», «Mejor Director», «Mejor Guión Original» y «Mejor Actor Principal» en Bill Murray, alcanzando al final Sofía Coppola el galardón como mejor escritor cinematográfico de aquel ejercicio.

Sofía continua su cometido como realizadora en trabajos como «Maria Antonieta» en 2.006, una poco convencional biografía sobre la reina francesa de origen austríaco víctima de los revolucionarios, «Somewhere» en 2.010, un fresco sobre lo vacuo de la existencia tomando como modelo a un actor de Hollywood en horas bajas y «Ladrones de la fama», controvertido «thriller» basado en hechos reales, donde unos jóvenes veinteañeros se dedicaban a desvalijar mansiones de celebridades en la ciudad de Los Angeles.

3 Responses to “Lost in translation”

  1. Lo mejor hasta el momento del retoño de Francis Ford; una pequeña obra maestra, hecha con sencillez y amor.

  2. El cine siempre tiene un aspecto lleno de melancolía y lirismo.

  3. Es en cierto modo una forma muy femenina de ver la depresión.

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