El ladròn de bicicletas

martes, marzo 4th, 2014

«Ladri di biciclette», conocida en España como «El ladròn de bicicletas» y en Hispanoàmerica como «Los ladrones de bicicletas», estrenada en el 24 de noviembre en 1.948, es considerada una de las mejores pelìculas de la Historia, muy valorada por la Crìtica y por los estudiosos del cine desde pràcticamente su puesta en comercializaciòn; es uno de los ejemplos màs significativos del denominado «Neorrealismo » en el arte del celuloide, que comenzara con la inmortal «Roma, Ciudad Abierta» de Roberto Rossellini en 1.945.

Basada en una novela homònima surgida de la pluma del polifacètico Luigi  Bartolini, adaptada a la Gran Pantalla por Cesare Zavattini y dirigida por Vittorio de Sica, uno de los tandems  màs significativos e interesantes de la cinematografìa italiana; De Sica, un autentico cineasta todo terreno, con cuarenta y tres pelìculas como actor y veinte y cuatro como director en su haber, siendo «El ladròn de bicicletas» su octava como realizador y la segunda obteniendo la colaboraciòn como guionista de Zavattini. El destino los llevara a conocerse en 1.935, con De Sica como actor principal y Zavattini como argumentista en el filme nunca estrenado en ningun paìs hispano-hablante «Darò un milione» ; inmersos cada uno en sus facetas profesionales en el denominado gènero de «telefònos blancos», que junto con la èpica històrica, constituìan el principal engranaje de la cinematografìa italiana en el periodo fascista. Con la II Guerra Mundial y la caìda de Mussolini, se decantaron los dos hacia posiciones estèticas màs naturalistas que empezaban a aflorar en la Italia liberada por los aliados y sìendo el propio Zavattini uno de los principales teoricos del nuevo sentir creativo. Fruto de esta nueva visiòn inventiva fue «El limpiabotas» en 1.946, la primera cinta del dúo De Sica-Zavattini como director y libretista, Oscar a la mejor pelìcula extranjera en la edicciòn en 1.948.

En «El ladròn de bicicletas» en un principio surge como un proyecto de cooproducciòn entre Italia y Estados Unidos, con el apoyo de los grandes estudios estadounidenses, con un rodaje en lengua inglesa y presidiendo el cartel el mismísimo Gary Cooper, pero desacuerdos a ultima hora significaron la retirada del capital norteamericano, por lo que hubo que reducir los costes a la mìnima expresiòn y acercarse a las propias dinámicas de hacer cine en el paìs transalpino en aquella època de postguerra.

Pero el resultado no dejò de ser sumamente satisfactorio, donde predomina un ànimo testimonial y documental màs que reivindicativo, como si se encontrara con el propio mètodo de encarar la realidad y todo ello en una progresiòn dramàtica creible y convincente; el realizador consigue transmitir frescura y fuerza, topando un nuevo humanismo, como novedosa fòrmula de ver la sustantividad que condiciona la vida de todos las personas.

Con menos violencia explìcita como subliminal que otros realizadores contemporàneos, como Roberto Rossellini y con reminiscencias del cine de Charles Chaplin en su etapa muda, De Sica nos logra transmitir un relato muy certero, que a pesar de la dureza, se nos antoja optimista y con una deseable impronta de esperanza; provocando que sea una cinta que no cause indiferencia a nadie, que  permanezca impoluta a lo largo del tiempo y sea vista por muchos como una genial exageraciòn poètica.

Con una realizaciòn muy novedosa, con una importante carga de originalidad, donde predominan las angulaciones de càmara, exponente ante todo de la inspiraciòn del director; se le añade una fotografìa en blanco y negro, pulcra y asèptica, que esculpe toda una existencia colectiva, exponente del buen oficio de Carlo Montuori y una mùsica que aporta la correspondiente tensiòn dramàtica, surgida da la batuta de Alessandro Cicognini.

Siguiendo las pautas «neorrealistas», se filma en escenarios naturales, la mayor parte en el barrio romano de Val Melania y se busca un casting formado en su mayorìa por actores  no-profesionales, encontrando una esencia que el mayor poderio econòmico de etapas pasadas, provocara que muchos cineastas la hubieran pasado de largo en otros tiempos, destacando Lamberto Maggiorani, pulcro y creíble, Enzo Staiaola, que según la leyenda cinematogràfica, era un chiquillo de la calle que miraba con curiosidad y ojos perplejos la instalaciòn del set de rodaje y fuera el propio De Sica quìen le propusiera entrar en el elenco del filme, al ver sus posibilidades de llevar el peso de uno de los papeles protagonistas, debido a su caràcter abierto, espontaneo e inherente; lo cierto es que Staiaola, entonces un niño de sòlo nueve años de edad, consigue una de la mejores y sugestivas figuraciones infantiles del devenir del «Sèptimo Arte»; a lo que hay que añadir a Lianella Carell, exponente de la ternura femenina, contrapeso a las difìciles circunstancias por las que pasan los principales personajes.

El argumento es sobrio, asequible, casi lo podìamos considerar minimalista, pero resultando al final un detallado retrato de la Roma de la inmediata postguerra, donde las heridas de la cercana contienda aùn están muy presentes, suponìendose que la cicatrizaciòn aùn tardarà un tiempo.  Un obrero en paro de larga duraciòn y padre de dos niños pequeños, llamado Antonio (Lamberto Maggiorani) consigue un trabajo de pegar carteles a cargo del Ayuntamiento, pero con la  condicciòn de poseer una sencilla bicicleta. A duras penas consigue comprarse una. Antonio comienza una novedosa y confiada jornada laboral, se despide de su dulce mujer Maria (Lianella Carell) y de sus dos hijos, pero sus iniciales esperanzas son truncadas al serle robado el vehìculo y asì la imposibilidad de continuar la labor. En compañìa de su hijo mayor Bruno (Enzo Staiola) comienza un interminable periplo en  la bùsqueda del instrumento esencial de su faena  y se lleva al espectador a conocer de fondo todos los entresijos de una urbe postrada, pero que intenta volver de nuevo a la vida, con una serie de variopintos moradores y obsequiando con escenas unos sublimes escenarios, como la casa de empeños, los mercadillos ambulantes con ese llamativo sabor mediterràneo y vitalista, las largas colas para coger el autobùs, el atestado piso de la vidente, el ambiente de las inmediaciones del estadio de fútbol, (bueno en esta caso calcio).

«El ladròn de bicicletas» supondrìa el primer tìtulo de la trilogìa neorrealista de la insuperable pareja creativa formada por De Sica y Zavattini, continuada por «Milagro en Milàn» en 1.951 y «Umberto D» en 1.952.

2 Responses to “El ladròn de bicicletas”

  1. Una obra maestra, sin duda.

  2. Mi peli neorrealista favorita.

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