Brazil

domingo, diciembre 4th, 2011

El año 1.984 significó un punto de inflexión dentro de la propia década de los 80, casi diría que en este año empezó verdaderamente la época de la «Postmodernidad» que aun hoy en día estamos viviendo, pero sufriendo sus últimos estertores y volviendo a aspectos más propios de una sociedad moderna que postmoderna, como una mayor influencia de las ideologías y una mayor movilización política. En España en concreto, esta decadencia de la «Postmodernidad» ha supuesto el renacimiento de elementos guerracivilistas que se creían olvidados en la «Transición» y que son promovidos por determinados medios de comunicación.

El año 1.984 ya tiene nombre de distopía, ya que es el título de, si cuadra, la distopía más conocida escrita por el británico Geoge Orwell, que refleja un mundo completamente dominado por un totalitarismo cercano al marxismo, aunque con algunos ribetes fascistas, donde los ciudadanos, bueno, más bien súbditos son controlados por circuitos cerrados de televisión casi las 24 horas del día y todo ello bajo la égida de la figura del denominado «Big Brother» (Gran Hermano), un misterioso jefe de estado, bastante parecido a la figura de Stalin que ejerce una dominación absoluta sobre todo los individuos.

Es precisamente en 1.984, donde Orwell imaginó su genial distopía, cuando el realizador inglés Michael Radford rueda la versión de la propia novela, en los escenarios de Londres que inspiraron a Orwell y en las propias semanas que se desarrolla la narración, aunque añadiendo elementos de la Gran Bretaña thatcheriana, muy frecuente en todo el cine británico de los 80 e incluso en décadas posteriores, cuando la denominada «Dama de Hierro» ya abandonara Downing Street.

También ese año, Terry Gilliam, el miembro estadounidense de los Monty Python, realiza su particular visión del angustioso mundo orweliano en «Brazil» (Gran Bretaña 1.984), con una gran dosis de humor y sátira, que sin embargo no es una comedia, más bien es una película tragicómica, con una gran riqueza visual, mezclando una dura distopía con imágenes oníricas expuestas a múltiples interpretaciones.

Según el propio Gilliam, se refiere a este film como la segunda de una trilogía formada primeramente por «Los Héroes del Tiempo» y terminada por «Las Aventuras del Barón de Munchansen, en las que tienen como elemento común la lucha de la imaginación contra la racionalidad, vista casi como una lucha de la libertad contra el totalitarismo, ya que las dos grandes ideologías totalitarias del siglo XX, el comunismo y el nazismo comparten un fuerte elemento racionalista. Ante todo Gilliam busca una paradoja temporal formada a partir de visiones futuristas, aunque aderezados con recuerdos de pasado existente en nuestra memoria colectiva y todo ello tiene sentido si el propio espectador del film acepta lo que en realidad busca el director, que es representar el propio presente, porque evidente «Brazil» es una distopía y que bebe de películas como «Metrópolis» de Fritz Lang, «Fahrenheit 451″ de Francois Truffaut,»Blade Runner» de Ridley Scott o de la propia adaptación de «1.984» de Michael Radford y de las novelas, más que de sus adaptaciones cinematográficas o televisivas de «Un Mundo Feliz» de Aldous Huxley y «Nosotros » de Yevgeni Zamiatin, pero ante todo es un representación distorsionada del mundo presente, ya que los personajes no son tan disparatados, no son producto de una imaginación calenturienta, son personajes propios del mundo de hoy, con un poder casi absoluto de los medios de comunicación y la tecnología, utilizada más para favorecer a los poderosos que para mejorar la vida de las personas. Gilliam ve en el desarrollo tecnológico la factualidad de la vida, ya que la tecnología en «Brazil» se ve desde el primer momento obsoleta, ya que mezcla teletipos con máquinas de escribir y teléfonos de los años 30, los ordenadores parecen extrañamente desvencijados, como símbolo de una decadencia moral e intelectual. La Gran Bretaña de Thacher quedaba también reflejada, como así el duro neo-liberalismo omnipresente en el mundo occidental en la década de los 80 y con conexiones con un totalitarismo marxista o nazi-fascista

El film, toma título de una canción popular de los 60, en su versión en inglés y trata sobre la existencia de Sam Lowry (Jonathan Pryce), un humilde funcionario al servicio de un estado totalitario presionado por un fenómeno terrorista que al final de la película se descubre que es un montaje de propio régimen y así continuar con la represión y control del pensamiento de la población; Sam, que al principio parece resignado sobre su destino vital, presionado por su madre Ida (Katherinene Helmond), una extravagante mujer narcisista, obsesionada con la cirugía estética decida a casarlo con la hija de una amiga que destaca por su carácter neurótico y un espectacular aparato de ortodoncia; Sam huye de la presión materna y de la presión del estado, que para Gilliam es parte de un todo, mediante fantasías, donde se ve como una especie de caballero andante y se imagina como dama a una sensual pero fria mujer que se convierte en una especie de «Dulcinea» particular de Sam. Un error en un apellido debido a una mosca caída en un teletipo, significa la detención y posterior ejecución de un inocente, Sam se siente culpable del fatal error y visita a la viuda y los hijos del infortunado ciudadano y casualmente conoce a la vecina de ellos y que no es otra que la mujer de su sueños llamada Jill Layton (Kim Greist) ; sin embargo ella huye. Desde ese momento Sam sólo aspira a hacerla suya y para ello se somete a los deseos de su madre, que por sus influencias en el gobierno hace que Sam ascienda dentro del escalafón funcionarial y así tener más información sobre aquella misteriosa mujer.

También por casualidad, Sam conoce a Archibald Tuttle (Robert de Niro), líder de la resistencia armada contra el régimen que se hace pasar por fontanero para realizar sus atentados y traba contacto con nuevos personajes como Jack Lint (Michael Palin) torturador de la policía política que juega con sus hijos con un delantal de carnicero lleno de sangre de sus víctimas y a caballeros ancianos y joviales como Helpmann (Peter Vaughan), subidos en la cúspide del poder que pueden permitirse el lujo de caer en una farsa de bondad humana, todos estos personajes le hace ver a Sam como verdaderamente es el carácter del régimen que somete a toda una sociedad.

El error burocrático, como su obsesión por encontrar a Jill, hace que Sam sea un inconveniente al sistema; Sam logra la mujer de sus sueños, pero es detenido por las autoridades que lo someten a tortura y Sam se refugia de nuevo en sus visiones oníricas en un final todo lleno de múltiples acotaciones como un bucle melancólico.

Entre sus escenas delirantes y barrocas, con una fuerte influencia felliniana, destacaría los atentados terroristas que destrozan un escaparate de productos electrónicos y los televisores siguen en funcionamiento con sus noticieros manipulados, la indiferencia muy británica como los comensales de un restaurante reaccionan ante un atentado terrorista en el propio restaurante, los intentos grotescos de Sam para acercarse a Jill, la esperpéntica lucha de Sam con el samurái, los estiramientos surrealistas de la cara de la madre de Sam y sobre todo la parodia de la famosa escena de la escalera del «Acorazado Potenkim» de Serguei Eisenstein, sustituyendo la guardia zarista por la policía política del régimen.

«Brazil» ante todo un delirante irónica película que muestra sin tapujos el mundo en que vivimos realizado por uno de los mayores iconoclastas y gamberros directores del cine de las últimas décadas que es Terry Gilliam.


2 Responses to “Brazil”

  1. Excelentes comentarios. Enhorabuena, compañero!

  2. Lo mejor de los 80 britànicos.

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