Un hombre sin pasado

domingo, diciembre 6th, 2020

Sin lugar a dudas, Aki Kaurismäki es el director finlandés contemporáneo más significativo y con mayor trayectoria internacional. Nacido en la villa de Orimattila, situada en la región meridional de Päijänne Tavistia el 4 de abril de 1.957, hermano del también cineasta Mika Kaurismäki; estudiante de periodismo en la universidad de Tampere, es precisamente en esta etapa académica cuando participa como actor protagonista y guionista en el primer filme de su consanguíneo El mentiroso en 1.980. Completamente absorbido por el mundo del Séptimo Arte, funda junto Mika la productora Villeafla Filmproductions, empresa que se especializaría en producciones independientes.

Es en 1.983 cuando consigue realizar su primer largometraje, recibiendo el título de Crimen y Castigo, una peculiar adaptación del gran clásico de Fedor Dostoíevski, trasladada su acción a tiempos contemporáneos y desarrollado en Helsinki. Es el comienzo de una fecunda carrera como director, donde se centrará en temas sociales, despojándose de cierta composición estilística, con roles enormemente peculiares y dentro de una novedosa óptica luterana, destacando en cintas como Sindicato de Calamares en 1.985, un iconoclasta e imprevisible producto sobre un grupo de lúpenes, donde de forma estrepitosa y provocativa, irrumpen un barrio burgués, Sombras en el paraíso en 1987, una tragicomedia sobre el amor entre un basurero y una cajera de supermercado y La chica de la fábrica de cerillas en 1990, un drama sobre la soledad en plena juventud.

Pero es precisamente con su trilogía denominada Finlandia, cuando el más joven de los Kaurimäski alcanza su plena madurez intelectual y artística, comenzando con Nubes pasajeras, comercializada a partir de 1.996, desusada descripción sobre la precariedad laboral y teniendo como continuación a Mies vailla menneisyyttä, conocida en el mundo hispánico como El hombre sin pasado. Se trataba hasta aquel momento de la película más ambiciosa del cineasta escandinavo, logrando la entrada de capital alemán y francés y como venía siendo habitual en sus anteriores filmes, él de Orimattila comparte la realización, el libreto y la producción, auxiliándose principalmente en las labores de Timo Salminen como operador jefe, de los decorados de Markku Pätilä, el vestuario de Outi Harjupatana, una musicalización no original con composiciones de Leevi Madetoja y diversas tonadas de estilo Rockabilly, pop ochentero, tango y folk finlandés, todas seleccionadas por Olly Kykämen, el montaje de Timo Linnasalo, al lado de un interesante y extensísimo elento actoral donde sobresalían los nombres de Markku Peltola, Kati Outinen, Juhani Niemelä, Sakari Kuosmanen, Eski Nikkari o Sulevi Peltola.

La cinta tíene un preestreno el 1 de marzo de 2.002 en la capital del estado finlandés y se presenta para concurso en la edición de Cannes de aquel año, consiguiendo el Gran Premio del Jurado, el Premio del Jurado Ecuménico y el Premio a la Mejor Actriz en la persona Kati Outinen. Dentro de ese mismo ejercicio el filme obtiene el galardón de la FIPRESCI en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En la ceremonia de los Oscars en 2.003, la producción de Kaurismäki fue nonimada a Mejor Película en lengua no inglesa.

Se narra las peripecias de un varón de mediana edad donde tras llegar en tren a la ciudad de Helsinki es agredido brutalmente por tres individuos con la intención de robarle. Llevada la víctima a un hospital, los facultativos lo consideran desahuciado, pero milagrosamente despierta, dándose cuenta que ha perdido su memoria. Escapado del centro sanitario y vagando sin rumbo por las calles, acaba confraternizando con dos niños mendigos que lo acaban llevando a un barrio marginal al lado del puerto, donde con el paso de los días se integrará en una variopinta comunidad de desheredados de la fortuna. Allí conocerá a Irma, una oficial de la ong protestante Ejército de Salvación, de la que se enamorará sutilmente. El hombre, envuelto sin querer en un extraño atraco a una entidad bancaria, pronto es detenido por la policía acusado de complicidad con los autores, pero a las pocas horas es liberado gracias a la intervención de un abogado al servicio de la sociedad caritativa, donde no quita que funcionarios de los cuerpos de seguridad, le sigan investigándole, pudiendo finalmente dar éstos con la verdadera identidad del protagonista, un obrero metalúrgico en paro de una oscura ciudad de provincias, recientemente divorciado debido a su dependencia del juego.

La historia se nos presenta nostálgica, pero sin contar con el recuerdo, intentando comprender el mundo de los marginados y la exclusión social, a veces con momentos insólitos y excéntricos, sucedidos por otros dotados de ternura y ocurrencia, todo dentro de una marcada futilidad, Hay una ambición ética, con gran empatía hacia los participantes, exaltando valores como la amistad y el amor, provocando que todo este bocado de sensaciones cale muy hondo en el alma del espectador.

Nos encontramos con un verdadero enardecimiento de lo racional, en una mirada fría de la realidad y paradójicamente unida a un elemento lírico que impregna a toda la obra. Se busca y en la mayor parte se obtiene una cierta originalidad, sin recurrir a astracanadas ni parafernalias y fuera de los postulados más comerciales.

Aki Kaurismäki se muestra como un realizador dotado de un estilo inconfundible, encontrando una forma naturalista de hacer cine, pero no huyendo de lo pintoresco y bebiendo de la obra de insignes cineastas como el danés Carl Theodor Dreyer, el sueco Igmar Bergman, el estadounidense Frank Capra y del italiano Vittorio de Sica.

La fotografía de Salmimen es es alegre y realista a la vez, la escenografía de Salmimen y el guardarropa de Pätilä, coinciden en una estética rutilante, en ocasiones cercana a lo kitsch, la recopilación de Kykämen , puede adaptarse con facilidad a la propia narración, la edición de Linanasalo resulta precisa y dentro de las interpretaciones es de destacar a Markku Peltola, con una humanidad que traspasa la pantalla, una Kati Outine convertida en la verdadera musa artística de Aki, dentro del mejor papel de toda su carrera y a una serie de secundarios de lujo como Juhani Niemelä, Sakari Kuosmanen, Esko Nikkari o Sulevi Peltola.

Esta llamativa trilogía acaba con Luces al atardecer en 2.006, un thriller de mirada pesimista, con personajes incapaces de mostrar los sentimientos en público, desenvolviéndose en un ambiente urbano en decadencia, desagradable y frustrante. El desolador grito de los más pobres en un mundo de ricos, donde Kaurismäki, desde la siempre periférica Finlandia consiguiera darle forma, había dado su ultimo paso.

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